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Mensaje por Mauro de Tauro Miér Abr 01, 2015 7:42 am

El frío de la noche templaba los huesos de aquellas figuras demacradas que intentaban escalar hasta la cumbre de un hoyo de abrumadora envergadura y cuya profundidad era tal que nada más que las sombras podían apreciarse con claridad, y de no haber sido el caso, tan solo habría dado un paraje aún más sobrecogedor para el espectador pues, allí abajo, miles de cadáveres y personas yacían; los vivos tratando de escapar de su prisión, y los muertos animándoles a continuar y sirviéndoles como el apoyo de sus pies. El ruido de los condenados, pues no la voz, no, ya a estas alturas no se le podía considerar tal, arriaba consigo una trémula y decadente atmósfera de pánico y miseria, aunque todavía deambulaba con un ápice de vigor y nobleza por la piel de aquellos privilegiados que podían entender y sentir el Cosmos. A fin de cuentas, aquella escena no era tan inhumana como lo aparentaba, pero sin dudas era macabra y ponía en duda si aquel lugar tan poco frecuentado se trataba del Santuario de Athena, la diosa que protegía la tierra y a la que se le adjudicaban los títulos de la deidad de la sabiduría y de la guerra, necesaria en determinados casos, y eso se les inculcaba a los futuros aspirantes a caballero desde los primeros momentos, pues debían conocer a quién defendían y porqué servían a la causa: una espada por mucho que pueda dañar, no es capaz de alcanzar cuestas más elevadas sin un motivo y la guía adecuada.

“¿Qué es este lugar, y por qué me traes aquí?” Puedo oír tus preguntas aún desde aquí. Sube, tendrás tu respuesta en cuanto llegues a la cima – dijo una voz, muy a lo lejos de aquel escenario funesto creado para auto superarse y desarrollarse a sí mismo aunque usado también para la tortura al propio cuerpo y la soledad. Aquella voz se tornaba como un murmullo, pero al oído resultaba melodiosa, piadosa y solemne como mínima retribución, como espectador, a los que actuaban no para el deleite de otros, sino para el propio. – Normalmente no suelo arrastrarte de tus mañas durante los pocos días libres que se nos dan, pero esto no podía esperar. – La voz le pertenecía a una persona en particular, a un hombre cuya envergadura no era para nada convencional, pues aunque su aspecto general no se distanciase demasiado del que un humano común posee, por su altura era sin más un objeto de curiosidad y pavor para aquellos que no estuvieran acostumbrados a su presencia; su nombre era Mauro, y colgando de su hombro yacía una Caja de Pandora de color dorado, se constataba que sólo doce parecidas a ella existían en aquellos días aunque no todas habían sido ocupadas todavía, o eso se decía. Mauro se dirigía a una persona en particular, que a unos cuantos metros tras de él se encontraba. Para llegar a esa zona en particular había que ascender por una formación rocosa considerable; para Aldebarán (así se hacía llamar el coloso en ocasiones), no le había resultado difícil llegar hasta la cima, de no haber tenido que esperar a su compañero posiblemente habría llegado mucho antes, pero éste ni siquiera estaba lo suficientemente cerca como para ver lo mismo que él veía. Esperaba con paciencia su llegada, pues aquello era algo que debía mostrarle al que fuera pupilo.
Mauro de Tauro
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Mensaje por Isaac Julien Croissant Lun Abr 20, 2015 2:59 pm

Decir que ascendía con el ímpetu que los dioses le concedían para realizar esfuerzos sobrehumanos y por lo tanto no sería capaz de rendirse ni protestar por algo mandado por su maestro es, sin duda, una completa y absoluta falsa tan grande como el monte que estaba escalando. El frio de la noche destinado a encrespar su cabello con la misma maldad que la de un asesino empalando a su víctima diecisiete veces con un cuchillo golpeaba con ira su piel guiado por los vientos producidos por la altitud en la que estaban actualmente. Un sonido lúgubre y terrorífico cuya procedencia no lograba identificar helaba su sangre casi tanto como los fríos vientos del infierno que corrían por ese lugar. Siendo sinceros, Isaac era incapaz de comprender aquella situación, pues por algún motivo su maestro le había traído a un lugar completamente macabro e inhumano en el santuario de la diosa que –aparentemente- habían jurado proteger. Y por si no fuera suficiente, tenía que cargar a cuestas con aquello que Mauro identifico como… ¿Qué nombre había usado? ¿Caja de pandora? Joder, aquello pesaba más que un piano de cola (En realidad no era tan pesado, pero recordemos la complexión física del rubio por un instante para comprender su punto de vista… eso y que no pierde nada por quejarse). Y, por si no fuera suficiente, su maestro le había echado a patadas de su cama en el ansiado día libre que había tenido en lo que habían parecido siglos de entrenamiento. Lo suyo no era el esfuerzo físico, si no la música, ¿Cuándo entenderían eso y le dejarían tocar su lira en paz?

Con infinita parsimonia, escalaba a su ritmo, escuchando a su maestro adelantándose a sus palabras sobre el motivo de aquel inesperado viaje, y admitió que esto no podía esperar. ¿Qué era “esto” en primer lugar? Tras mucho esfuerzo logro arrastrarse hacia arriba, intentando recuperar las energías –En realidad- Menciono cuando se recupero un poco, mirando hacia abajo –iba a preguntarte si eres consciente de que en el caso de haberme caído me habría matado, ¿verdad?- Pregunto, con un tono serio pese a lo irónica que pudiera resultar la pregunta. Se sentó en el suelo, y lo primero que hizo fue obviamente lo más importante que cruzo por su cabeza en ese instante, saco un peine del bolsillo trasero de su pantalón y comenzó a arreglarse su hermoso y perfecto tupe, intentando que recuperara su forma original. No pudo evitar sonreír alegremente –Jojojo, misión cumplida- tras admitir eso sumamente auto complacido por ello, se puso en pie, espolsando sus ropas del polvo que pudiera haberse adherido a sus ropas. –Bien, ¿Qué era eso que no podía esperar?- Metió las manos en sus bolsillos, alejándose del borde porque no quería caerse y colocándose al lado de Mauro, guardando el peine en el bolsillo y levantando la cabeza para ver su rostro, al contrario que su maestro Julien era bajito, y cada vez que hablaban uno tenía que levantar la cabeza y el otro bajarla, algo irónico si te paras a pensarlo. -¡Ya se! ¿Hay alguna belleza pelirroja por aquí?- Menciono, comenzando a mirar a su alrededor con suma curiosidad, esta semana le había dado por interesarse por las mujeres de cabellos carmesís.
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